Tomé las llaves, la plata y salí corriendo. Cerré la puerta con un portazo seco. ( Es que esa era la única manera de que no me persiguiera)
Ya estaba aburrida de ella, todo el día al lado mío. Me despertaba por la mañana y allí la encontraba sentada a los pies de mi cama (No sé si dormía, o qué)
En la calle me tomaba la mano para no perderse, yo la correteaba y hacia como si no la conociera, pero ella se ponía a gritar diciendo que venía conmigo y que la traía obligada a mi lado.
Menos mal que la dejé bien encerrada, si hasta sentí que le apreté los dedos a la muy tonta. Y mientras me gritaba con toda su rabia que la dejara salir, yo me di media vuelta y simplemente me fui.
Por fin sin ella caminé hasta la avenida y esperé una micro que me llevara lejos. Me subí a una sin saber su recorrido, total lo importante era desaparecer.
Me bajé en donde no pudiera pensar, así fue como el centro terminó por ser el mejor lugar. Sólo tenía $1.000 pesos en el bolsillo y los quería gastar en algo que valiera la pena que tenía. Pensé en flores, son de colores y por consecuencia me alegrarían un poco.
Busqué las malditas flores por todos lados y no encontré en ningún lugar.
Lo bueno del centro es que con todo ese ruido no puedes oír la conciencia.
Con toda esa gente no puedes ver la paciencia.
Con todo ese humo no puedes oler la justicia.
Pero en el centro, allí si que se puede pisar la rabia. Fíjate cuando vayas allá, como todos la van pisando y en la mañana, bien temprano cuando no anda casi nadie sólo mendigos y prostitutas, la rabia anda por ahí arrastrándose, lloriqueando y sobándose los moretones que le dejaron el día anterior.
Caminé sin pensar en nada, mirando las caras y las vitrinas, así me fui entreteniendo. Hasta que llegué a la plaza central.
Me senté en un banco a mirar palomas. Ahí me di cuenta que ellas tienen una cabeza enana en comparación con el tremendo cuerpo y que las patas, yo no sé como las aguantan.
(Aquí siempre hay gente sentada esperando algo, quizás que esperaran)
Aburrida de estar sentada me paré y caminé. Por el aire circulaba mucho ruido, ruidos de ciudad, de gente, de micros y tubos de escape. Una ola de ruidos que se venía encima, y había que capearla de alguna manera. De lo contrario iba a terminar por revolcarme entera. Y quien sabe, quizás hasta me podría haber ahogado.
Por suerte o milagro al fin crucé la puerta. Sólo silencio y frío.
Pise tierra firme, estaba dentro de la catedral.
Aquí se oyen cantos de santos, llantos de piedra. Respeto y admiración de creyentes e incrédulos.
La catedral para mi es una isla de silencio en medio del centro estridente y agitado. En este silencio casi se puede oír el palpitar de ése corazón.
Esta oscuro y los pies ya se me helaron.
Miré la hora, ya era tarde y tenía que volver. Me fui por el paseo de gente apurada y tomé una micro que me trajera de vuelta. Así me baje después de tirar el cordel del timbre más de una vez.
Venía llegando, pero mi cabeza andaba por cualquier lugar. Por eso la tuve que esperar un rato antes de encajar las llaves y abrir la puerta.
Así que con la cabeza bien puesta entré, prendí la luz del pasillo, llegué al comedor y me quedé tiesa. Se me había olvidado todo lo que me costó deshacerme de ella y dejarla aquí encerrada.
Allí estaba, sentada apoyada en la mesa. Con sus ojos salados y los dedos morados, un poco aburrida, pero ansiosa de verme llegar.
No me dijo nada, sólo me miró y sonrió con esa sonrisa que tanto me molesta. Me la encontré de nuevo a ella: La Rabia.
* * *